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martes, 19 de octubre de 2010

MARIO VARGAS LLOSA

No creo en los premios. No creo que los premios sean un indicador incuestionable de lo que es bueno, y de lo que sea malo, en el mundo de la cultura, y el arte. Un artista se expresa de acuerdo a la necesidad de su alma, de su espíritu libre y creador, conjugado con su talento, y su dedicación (por lo mismo no creo en esa vieja idea de Cortázar acerca del escritor profesional. La universidad no forma artistas).

Los escritores no necesitan premios.

Un escritor no trabaja para ser premiado. Ningún escritor, que se precie de serlo, escribe buscando fama y fortuna, así como nunca vende sus opiniones, ni permite que lo censuren, o que censuren a otros artistas, e intelectuales. Un escritor de verdad ejerce la libertad. Y un premio no es más que la satisfacción de la vanidad.
Así sea el Premio Nobel de Literatura.

Por eso mismo, Mario Vargas Llosa no necesitaba un Nobel (así como no lo necesitaron, en su momento, y mucho antes que Mario, dos representantes del alma nacional peruana: César Vallejo, y José María Arguedas). Cortázar nunca lo necesitó. Kafka tampoco. Mucho menos Borges.

Ni Sartre (en uno de los gestos más emblemáticos, y admirables, de los últimos tiempos -y el más emblemático, y hermoso, en el mundo de la literatura contemporánea-, Sartre rechazó, en 1964, el premio Nobel).

Mario nunca necesitó un Nobel para demostrar su grandeza como escritor. No lo necesitó para escribir una de las obras fundamentales de la literatura nacional, y que por necesidad (y, los científicos sociales, por obligación) cada peruano debería leer: Conversación En La Catedral, de 1969 (que junto a La Ciudad Y Los Perros, de 1962, y La Casa Verde, de 1966, representan lo mejor, y más trascendental, de la obra del escritor -de su conjunto de obras, luego de romper con Fidel, la revolución cubana, y la izquierda política e ideológica, rescato La Guerra Del Fin Del Mundo, de 1981, y sobre todo, El Pez En El Agua, de 1993, un libro de memorias necesario para entender a Mario y sus desavenencias con el Perú, con el socialismo, y con él mismo), que junto a Todas Las Sangres, de 1964, de José María Arguedas (la crítica literaria rescata el valor estético de Los Ríos Profundos, de 1958, pero, a mí parecer, Todas Las Sangres encierra, en sí misma, un valor histórico, y filosófico -sin dejar de lado su valor estético- imprescindible), representan -junto a la poesía de Vallejo- al alma nacional. Mario, y José María, en sus encuentros y desencuentros, en sus convergencias y sus separaciones, en sus amores y odios, en fin, en sus contradicciones, representan, juntos, el espíritu nacional.

Representan al Perú.

Personalmente, no comparto la euforia que ha desatado la entrega de este distinguido, y reconocido, premio (que, dicho sea de paso, y es necesario resaltarlo -no reconocerlo sería mezquino, y muy peruano-, Mario se lo tiene bien merecido por su trabajo, resultado no solo de su esfuerzo sino de su genialidad que proviene de su espíritu libre y creador, y su aporte en el campo de la literatura peruana y mundial. Mario, junto a Vallejo, Alegría, Heraud, Arguedas, y Ribeyro, configuran lo mejor de nuestra literatura). No comparto la algarabía. No soy parte (ni quiero serlo) de la fiesta.

¿Por qué? ¿Acaso no me alegra que un peruano haya ganado el premio Nobel?
Al contrario. Al enterarme de la noticia mi primera reacción fue de alegría, a la que sobrevino la nostalgia (recordaba que mi pasión por la política, y mi primer acercamiento con Mario, se inició en el año de 1989, a los diez años de edad, cuando me convertí en un ferviente simpatizante del Frente Democrático, Fredemo, apoyando, moralmente, la candidatura de Mario a la presidencia. Años más tarde, cuando estudiaba en la universidad, recordando esto, pensaba, medio en broma, medio en serio, que para ser de derecha en este país, uno tiene que tener la edad mental de un niño de diez años). Pero, tal como lo mencioné al principio, no creo en los premios. Los cuales no tienen, tampoco, nada de malo, pero, si tienen, en la mayoría de los casos (y sobre todo en una sociedad como la peruana) consecuencias negativas. La principal es la construcción de mitos en el imaginario social (tal como lo demuestran, actualmente, diferentes artículos, publicados, y dedicados a Vargas Llosa. Un artículo diferente, y recomendable, que escapa al halago fácil, y al encomio zalamero, es: Contra Viento Y Marea, escrito por César Hildebrandt, y publicado en el semanario Hildebrandt En Sus Trece, en su edición del 8 de octubre). Y estos mitos generan verdades absolutas en las estructuras mentales.

Imágenes falsas.

Y estas generan, a su vez, olvidos, e inconsecuencias, como pensar en un Vargas Llosa cuya voz sea la que ordene, y determine -tal como lo hace la derecha política en el país-, lo que es bueno, y lo que es malo, en el Perú, y Latinoamérica (cuando el pensamiento de Vargas Llosa está determinado -como el de todos- ideológicamente, y sus propuestas, y proyectos políticos, están condicionados por la ideología liberal, lo cual los hace admirables -como su defensa de los derechos humanos- discutibles, debatibles, y en muchos casos inaceptables -recordemos que Vargas Llosa defendió la invasión de EE.UU. A Irak en el 2003, defendió el golpe de estado en Honduras en el 2009, y defiende el modelo neoliberal, modelo político que se caracteriza por perpetrar la injusticia, la desigualdad, el racismo, la discriminación, la corrupción, la pobreza, y la miseria, en nuestro país), dejando de lado los cuestionamientos, y la crítica. Resignando el libre pensamiento, y condenando la esperanza. Forjando un pensamiento miserable.

Un pensamiento acrítico...

Like a rolling stone.

Luis Enriquez
Historiador

1 comentario:

  1. De acuerdo con la entrada. Le muchedumbre, que en innumerables ocasiones se convierte sólo en vulgo, recibe siempre con alborozo un premio que goza de una fama de trascendencia mundial. Pero ésta es una alegría vacía, una alegría que tiene como base un pensamiento popular colectivo de lo que es el éxito. Artistas, escritores, almas libres, bohemios, amantes de la cultura: ¡Joder! Sabemos que no es así. Un artista expresa su vacío metafísico, existencial y emocional. Un verdadero artista te canta entre líneas las vicisitudes enfermizas su experiencia de vida. Todo visto desde un par de ojos que perciben el trajín del mundo de una manera distinta, claro está. Palahniuk no se equivoca al mencionar que "el arte nunca nace de la felicidad".

    www.turbiosdiascotidianos.blogspot.com

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